sábado, 30 de enero de 2021

DISTOPÍAS, por Adrián Corbella



Cada vez son más numerosas las superproducciones de Hollywood que nos muestran distopías, sociedades del futuro que son todo lo opuesto a la una sociedad ideal. Los ricos cada vez más ricos, y con una creciente capacidad de vivir su vida aislados de los problemas cotidianos de los simples mortales, los pobres cada vez más pobres, más marginados, y sumergidos en la violencia y la desesperanza.


Elyssium es una de esas películas, y lleva el razonamiento al absurdo, ya que en ese mundo tan poco ideal, la Tierra había quedado para los pobres, que vivían en un infierno sin salud, sin trabajo y sin paz. Los ricos, por su parte, vivían en Elyssium, en enorme satélite artificial que orbitaba la tierra y que se había construido como un mundo perfecto, en el cual los ricos tenían todas las atenciones y comodidades.


No se trata de delirios afiebrados de guionistas que abusan de los alucinógenos. En verdad estos esquemas significan nada más ni nada menos que llevar la lógica del mundo moderno a su consecuencia final.


Hace muchas décadas que la riqueza se concentra en el mundo de manera creciente. Pero, además de esta concentración, se produce un creciente aislamiento de esos ricos respecto a las masas que se van sumergiendo en la pobreza: barrios privados, seguridad privada, autos blindados, helicópteros… y dentro de nada comenzarán a aparecer los autos-aviones, que podrán despegar y aterrizar casi en cualquier lado. El mundo de Elyssium no es otra cosa que llevar esta lógica a su consecuencia final: los ricos se construyen su Edén, y dejan a los pobres el infierno.


En nuestra sociedad, los pobres ven no solo que su condición es cada vez peor, sino que su única fuente de ingresos, el trabajo, retrocede a una velocidad pasmosa, acosado por las tecnologías que reemplazan hombres por robots, o por programas informáticos. Los especialistas en informática y robótica detallan una enorme cantidad de trabajos que hoy todavía son realizados por humanos, pero que serán robotizados en los próximos lustros. No hablamos de cien años; hablamos de diez o veinte.


¿Cuál será el destino de esa masa creciente y compacta de pobres en un mundo donde el trabajo sea un concepto arcaico, en vías de extinción? ¿Podrán, como en la película Elyssium, rebelarse y conquistar el mundo de los ricos?. Aunque los ricos controlen el aparato de seguridad del Estado y repriman las expresiones populares, va a ser un mundo difícil, duro, violento a menos que los ricos hagan como en el mencionado film y abandonen la Tierra instalándose en un lugar seguro.


La principal alternativa al mundo de Elyssium sería un mundo donde el Estado recupere su rol económico y social, un Estado activo, benefactor, emprendedor, que trate de evitar que la marginalidad se extienda y lo domine todo, y oriente parte de la inversiones por afuera de la lógica financiera del capitalismo 2.0


Cuando se plantean las cosas de esta manera aparecen recetas que los talibanes neoliberales califican de “populistas”, pero que son necesarias en  estos tiempos, como lo demuestran las decisiones de muchos gobiernos -bastante ortodoxos- durante un año tan particular como fue el 2020. Muchos aceptan estas medidas a regañadientes porque es un año de pandemia y cuarentena, pero las rechazan para etapas “normales”. La gran pregunta es qué pasará, pasada la pandemia, si se instala una normalidad donde la brecha entre ricos y pobres se amplíe en forma creciente –como viene pasando desde hace varios años- y el trabajo sea una actividad escasa, extraña, que no esté al alcance de todos. Instalada esta nueva normalidad, ¿Podría el Estado desentenderse, a riesgo de terminar como los ricos de Elyssium, o debería encontrar nuevas formas “populistas” para evitar un gran estallido popular, seguramente sangriento?.


Subsidios, seguros de desempleo y AUH no son sino pequeñas migajas de un fenómeno que podría universalizarse, o profundizarse a través de reclamos como el de la Renta Básica Universal, medida que tiene sus partidarios en muchísimos países del mundo.


Quizás pueda pensarse en una alternativa más productiva. La quinta verdad del peronismo decía: “En la nueva Argentina de Perón, el trabajo es un derecho que crea la dignidad del Hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.”


En un mundo que parece empeñado en destruir las formas tradicionales de trabajo, ¿Podría pensarse en alternativas?, ¿Es viable que cada uno produzca lo que consume?, ¿Se puede pensar en pequeños productores, quizás agrupados en cooperativas?, ¿Productos Orgánicos?, ¿Producción autosustentable?, ¿Unidades autosuficientes?, ¿Puede coexistir una estructura así con un mundo transnacionalizado?.


¿Se puede combatir una distopía con una utopía?


Tenemos más preguntas que respuestas. Pero una cosa queda clara. Si la economía financierizada concentra la riqueza y fabrica pobres, y la tecnología informática y robótica van eliminando la necesidad del trabajo humano, parece claro que el futuro puede ser una distopía horrorosa, que probablemente termine en un proceso revolucionario como en Elyssium, o deberá encontrar otra lógica económica y social que permita a los hombres construir y alimentar a sus familias y vivir en paz.


 


Adrián Corbella


29 de enero de 2021


PUBLICADO "EN MIRANDO HACIA ADENTRO" Y "ERASE UNA VEZ EN PERONIA"

martes, 26 de enero de 2021

TODOS LOS POLITICOS [NO] SON IGUALES, por Adrián Corbella (26-01-21)



“La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”


Novena de las 20 Verdades del Peronismo



 


Política viene de polis. Las polis eran las ciudades-estado griegas, el núcleo en torno al que se organizaba la vida de este pueblo de la Antigüedad que fue el creador de la democracia. Hacer política significaba por lo tanto ocuparse de los asuntos de la polis, de la comunidad. Era para los griegos una actividad muy elevada, una actividad que significaba un compromiso del que la hacía con todos los demás integrantes de esa polis. La política no era para los griegos una actividad a la que se dedicara una minoría de especialistas: todos los ciudadanos varones tenían el derecho a opinar y votar, y no se votaban candidatos, sino que se votaban las leyes, se tomaban las decisiones de gobierno. Es lo que se llama una democracia directa.


No debemos idealizar esta democracia griega. Las mujeres no podían participar. Los esclavos (que muchas veces eran más numerosos que los hombres libres) tampoco. Y casi todas las polis griegas negaban el derecho a voto a los extranjeros, y a los descendientes de extranjeros.







Pero, esta primera experiencia de democracia en la vieja Europa, nos ayuda a entender qué es la política: ocuparse de los problemas que nos conciernen a todos, ocuparse de intentar facilitarle al “pueblo” (un neoliberal diría “la gente”) su vida cotidiana. Por eso la palabra política es muy amplia, y abarca casi todo. Cuando analizamos un problema de nuestra comunidad (salud, trabajo, inseguridad, o el que sea) y proponemos acciones, o hablamos bien –o mal- de las soluciones que proponen las autoridades, estamos tratando temas políticos, estamos “haciendo política”. La inmensa mayoría de la gente que dice que no le interesa la política, y que no se mete en política, hace todo el tiempo juicios de tipo político, habla y opina sobre temas políticos. Ser “apolítico” es una actitud claramente política, y cuando uno comienza a charlar con esos apolíticos, generalmente descubre que son “apolíticos”… pero son de derecha.


Las polis griegas eran pequeñas comunidades de pocos miles de habitantes, del tamaño de un barrio de nuestras megaciudades modernas. Por eso era posible la existencia de una democracia directa. En cambio, en nuestras sociedades, los sistemas democráticos son de tipo indirecto: los ciudadanos eligen candidatos, que ocupan los cargos públicos por cierta cantidad de años, y son esos candidatos quienes toman las decisiones concretas de gobierno en nombre de sus votantes. Pasado el período de gobierno de ese candidato (por ejemplo los cuatro años de un Presidente), los ciudadanos deben decidir si le renuevan la confianza, o si eligen a otro. Entonces va surgiendo en nuestras sociedades un grupo de políticos “profesionales”, de gente cuyo trabajo habitual es ser político, y que ocupan diversos cargos a lo largo de décadas. Hay ejemplos de esto en personalidades de todas las orientaciones ideológicas, de todas las fuerzas políticas.


Esta continuidad de las mismas personas en diversos cargos algunos la ven como algo negativo, cuando en realidad no lo es. Si todos los candidatos políticos se renovaran continuamente, si no hubiera reelecciones en cargos ejecutivos o legislativos, tendríamos siempre una dirigencia política amateur, moviéndose entre dirigentes empresariales y funcionarios judiciales altamente experimentados, que ocupan cargos durante décadas.


No encuentro ninguna ventaja en tener un conjunto de novatos tratando de dirigir nuestras sociedades. Es mucho mejor tener gente con experiencia. El problema no es, por lo tanto, cuánto tiempo ocupa una persona un cargo -pensemos en Ángela Merkel, la eterna dirigente alemana-, sino si lo hace bien o mal , y si lo hace pensando en sí mismo o en la comunidad a la que representa.


“La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional” nos dice la novena verdad peronista. Este principio del peronismo, que nos remite al concepto de política que tenían los griegos, es el eje del análisis del accionar político de cualquier funcionario, o debería serlo. ¿Trabaja para sí mismo, o para nosotros, que lo votamos?


Y aquí, como en casi todas las cuestiones humanas, los juicios globales y  absolutos no son válidos. Todos los políticos no son iguales. Como no son iguales todos los médicos, los docentes, los abogados, los comerciantes, los arquitectos, o los policías. O cualquier otro grupo. Lo vemos en la gran política, y los que hemos militado lo vimos en el pequeño universo político de una unidad básica.


Hay políticos que mantienen sus convicciones contra viento y marea, que están siempre en el mismo lugar, y cuando las cosas no vienen bien para su fuerza política resisten al tsunami con valentía y entereza. Y hay otros que son como hojitas arrastradas por el viento, que van volando de partido en partido, que siempre buscan la luz y el calor del sol, y que no entienden el concepto de fidelidad: no tienen fidelidad ni a una fuerza o dirigente político, ni a sus votantes, ni a sus ideas.


A nivel micro, quienes alguna vez hemos militado, hemos visto de los dos. Los segundos son olvidables, pero los primeros se mantienen vívidos en la memoria; gente que le dedica un par de horas a sus convicciones políticas al regreso de su trabajo; “vaquitas” para pagar el alquiler o el teléfono del local partidario; o militantes concurriendo un domingo a pintar, arreglar o a baldear un local recién alquilado, codo a codo con referentes importantes de ese espacio.


Mucha gente no logra discernir estas sutilezas. Para ellos son todos iguales, aunque no sea así. Es difícil explicarle a esa gente, pero hay una hermosa frase del gran Alejandro Dolina que puede servir para eso:


“Para quienes dicen todos los políticos son lo mismo, les contesto que para un analfabeto todos los libros son iguales”.


 


Adrián Corbella


25 de enero de 2021

Publicado en MIRANDO HACIA ADENTRO y ERASE UNA VEZ EN PERONIA

 

sábado, 23 de enero de 2021

PERONISMO, LUCHA DE CLASES Y TRABAJO, por Adrián Corbella (23-01-21)



La lucha de clases, ese concepto que Karl Marx veía como el eje explicativo de toda la historia de los seres humanos, no era un concepto que le agradara a Juan Domingo Perón, que siempre se movió cómodo en el marco de frentes policlasistas, de esquemas donde prevaleciera la concertación entre distintos sectores sociales. Esto no significa que el peronismo estuviera exento de conflictividad, sino todo lo contrario. El peronismo venía a instalar un nuevo statu quo basado en un nuevo sentido común, y estas transformaciones generan siempre resistencias y luchas, pero el General no ponía estos conflictos en el marco marxista del enfrentamiento burguesía-proletariado (1).


Ese esquema tan clásico del marxismo fue pensado para las sociedades europeas, en las cuales no había nada por encima de esos burgueses que oprimían a los trabajadores. En sociedades coloniales o semicoloniales, donde la independencia plena aún no se ha logrado, ese conflicto queda subsumido en otro conflicto superior, que enfrenta al poder imperial con el pueblo oprimido. Cuando el eje del enfrentamiento es este último, cuando el objetivo es sacudirse un control imperial externo, surgen frentes de liberación generalmente policlasistas, ya que algunos de esos “burgueses” que en el marco de la lucha de clases son enemigos de los “proletarios”, en el marco de las luchas de liberación son sus aliados, y luchan codo a codo con ellos. El concepto de “burguesía nacional” resuena, y más allá de todas las discusiones que ese concepto ha provocado –y sigue provocando-, es el nombre que el peronismo daba a ese sector burgués que, en el enfrentamiento principal, era aliado de los trabajadores.


En este marco no debe extrañar el policlasismo del peronismo, que en su origen incluía, además de un aporte masivo de trabajadores, a sectores medios, empresarios, militares y parte de la Iglesia. Tampoco debe extrañar la alienación que generaba en sectores de izquierda dura cuyo único marco de análisis es la lucha de clases, como si los Imperios no existieran.


Esta perspectiva peronista también se alejaba de las distintas versiones de la democracia cristiana, que también ponía eje en estrategias de conciliación social, pero estas estrategias tenían por único fin evitar los conflictos, no estaban motivadas por poner énfasis en un conflicto mayor y más importante.


Las estrategias de conciliación del peronismo se aplican a la conformación de un bloque de poder interno –que no puede evitar conflictos con sectores como el de los grandes productores rurales- , pero no tienen nada de conciliadoras en el frente externo. La negativa del primer peronismo a aceptar la lógica de la guerra fría, y sus intentos de lograr una coordinación de los estados latinoamericanos, obedecen al énfasis que se pone en el conflicto principal, la búsqueda de lograr una auténtica independencia respecto a los poderes mundiales.


“Unidos somos inconquistables, divididos somos indefendibles”, diría el tres veces presidente.


Perón tomó en sus dos primeras presidencias múltiples decisiones que plasman su concepción acerca de las relaciones laborales y el trabajo, y reflejó dichas concepciones en la Constitución de 1949.


En un estudio introductorio a dicha constitución, nos dice Julio Alak, por entonces Ministro de Justicia:


“Baste señalar el dictado de leyes sociales de enorme trascendencia, como la del Estatuto del Peón de Campo, el Aguinaldo, el Estatuto del Periodista y, en el orden político, la relativa a los derechos electorales de la mujer.


En el orden regional, en marzo de 1948, en Bogotá, Colombia, se daba nacimiento a la Organización de Estados Americanos y se promulgaba la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre. Ese reconocimiento de principios fundamentales que venía haciendo la comunidad internacional se vería plasmado, con toda su fuerza, en el texto inspirado por el ilustre jurista Arturo Sampay. La consagración de los derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad y de la educación y la cultura pusieron a la Constitución de 1949 a la cabeza de las cartas magnas que incorporaban en su múltiple dimensión a los derechos humanos.” (1)


El renombrado jurista y ex miembro de la Corte Suprema, Eugenio Raúl Zaffaroni, nos señala al respecto que el texto de la constitución peronista era acorde a las políticas de europeos y norteamericanos en la posguerra, y marca las influencias sobre el mismo de la Constitución Mexicana de 1917 y de la Constitución alemana de Weimar de 1919. Mientras Asia y África luchaban por su independencia, “América Latina se inquietaba, pero sus países extensos (México, Brasil y Argentina) defendían mediante gobiernos populares su independencia económica. Perón, junto con Lázaro Cárdenas y Getúlio Vargas, con diferencias propias de la idiosincrasia de sus pueblos, procuraban el desarrollo económico autónomo de la región” (2).


Zaffaroni ve a la constitución peronista como un documento claramente alineado con las tendencias socioeconómicas principales de los países de posguerra: 


“El mundo de la última posguerra confiaba en evitar el caos que podía llevar a las aberraciones políticas de entreguerras mediante el progreso social, la ampliación de la base ciudadana real, la incorporación de las masas a la producción y al consumo, la asistencia y la previsión social, el fomento de la educación y de la cultura. Esa era la tónica del constitucionalismo europeo continental de posguerra y del […] New Deal.


Lejos de la tesis del fundamentalismo de mercado, este mundo horrorizado por lo que acababa de vivenciar impulsaba la intervención económica del estado para incentivar y redistribuir sobre la base de la equidad y la justicia social” (3).


El jurista entrerriano Arturo Sampay fue el principal inspirador de la Constitución Peronista. Sampay, en un texto de la década del ’70 , explicaba los 8  principios en los que se basaba la carta magna de 1949:


1)hacer efectivo el predominio político de los sectores populares mediante la elección directa del Presidente de la República y mediante la posibilidad de reelegir como presidente al jefe de esos sectores populares victoriosos, general Perón; 


2) a estatizar los centros de acumulación y distribución del ahorro nacional, las fuentes de los materiales energéticos y los servicios públicos esenciales; 


3) a estatizar el comercio exterior; 


4) a asignar a todos los bienes de producción la función primordial de obtener el bienestar del pueblo; 


5) a generalizar la enseñanza, a cuyo efecto debía ser absolutamente gratuita, y a conferir becas a los alumnos y asignaciones a sus familias; 


6) a regionalizar la enseñanza de las universidades, a fin de vincular dicha enseñanza a la producción de las respectivas zonas geo-económicas del país; 


7) a estatizar las Academias, con el propósito de que ellas se ocupen de la alta investigación científica, necesaria para que el país posea una industria moderna independiente; 


8) a hacer que el Estado fiscalice la distribución y utilización del campo y a intervenir con el objeto de desarrollar e incrementar su rendimiento en interés de la comunidad, y procurar a cada labriego o familia labriega la posibilidad de convertirse en propietario de la tierra que cultiva.


Hay cuatro artículos clave que nos interesa analizar. Son el 37, 38, 39 y 40.


El Capítulo III, titulado “Derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad, y de la educación y la cultura”, contiene una larga lista de derechos del trabajador. Y si bien es cierto, como señalan los críticos por izquierda, que no figura formalmente el derecho de huelga (el objetivo de las políticas peronistas eran evitarlas, que no fueran necesarias), la lista de derechos laborales es extensa,  y muchos de ellos siguen siendo hoy papel mojado: Derecho de trabajar, Derecho a una retribución justa, Derecho a la capacitación, Derecho a condiciones dignas de trabajo, Derecho a la preservación de la salud, Derecho al bienestar, Derecho a la seguridad social, Derecho a la protección de su familia, Derecho a la defensa de los intereses profesionales. Y luego continúa con derechos de la familia, de la ancianidad, de la educación y la cultura.


“Por lo que hace a la educación el artículo 37 contiene disposiciones sumamente interesantes. La autonomía universitaria, la regionalización universitaria y la necesidad de que las casas de estudios eduquen en valores, son tres objetivos que mantienen toda su vigencia. El sistema de becas para estudiantes pasaba a ser una norma imperativa constitucional.” (4)


El capítulo IV, que contiene los artículos 38, 39 y 40, ya es “revolucionario” desde el título, pues se titula “La función social de la propiedad, el capital y la actividad económica”. Muchos ven en estos tres artículos la clave que llevó a los golpistas de 1955 a eliminar esta carta magna de un plumazo, por decreto.


El artículo 38 fija con claridad la función social de la propiedad, deja clara constancia de la expropiación por causas de utilidad pública con indemnización, y establece que incumbe “al Estado fiscalizar la distribución y la utilización del campo o intervenir con el objeto de desarrollar e incrementar su rendimiento en interés de la comunidad”.  Pensemos como caería esto hoy a propietarios rurales que rechazan algo mucho más moderado como las retenciones…


El artículo 39 es tan corto como concluyente: “El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino”. Si bien de ninguna manera puede ser calificado como “Socialista”, evidentemente se opone a la visión del capitalismo que tienen…los capitalistas.


Por último, el 40, arranca con un concluyente: “"La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social".


Establece con rotundidad la capacidad del estado para intervenir en la economía, instaurar monopolios estatales, controlar comercio exterior y servicios públicos, y la propiedad  “imprescriptible e inalienable de la Nación” sobre el agua, los minerales y las fuentes de energía.


En un mundo en el que reinaba el keynesianismo, es decir un capitalismo con un Estado muy presente y atento a cuestiones sociales, el primer peronismo adopta una versión bastante radical del mismo. En la propia Argentina la reacción de los sectores sociales tradicionales fue bastante hostil a estos principios desde Perón asumió el poder. Luego de 1955, en una Argentina que se sumergía en el mundo de la guerra fría, que ingresaba a una lógica binaria e intolerante, toda visión heterodoxa era vista como una herejía peligrosa, y tratada en consecuencia.


Han pasado más de setenta años, mucha agua ha corrido bajo los puentes, pero parece imposible evitar pensar cuan claras tenían las cosas aquellos grandes hombres que forjaron el primer peronismo. 


Los problemas son los mismos, y aquellas soluciones siguen siendo válidas para resolverlos. (6)


Adrián Corbella, 


22 de enero de 2021


Notas:


(1) Esta cuestión está más desarrollada en : MARXISMO Y PERONISMO, por Raúl Isman y Adrián Corbella, Agencia Paco Urondo, 16-03-12


(2) http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf, pag.10


(3) http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf, pag.18


(4) http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf, pag.18


(5) http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf, pag.28


(6) VER CONSTITUCION DE 1949 COMPLETA AQUÍ http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf


Publicado en MIRANDO HACIA ADENTRO y en ERASE UNA VEZ EN PERONIA

martes, 19 de enero de 2021

HOME SAPIENS SAPIENS, por Adrián Corbella (19 de enero de 2021)


Nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens, ocupa la Tierra desde hace unos 100.000 años. Y, si bien desde un aspecto físico no se ha modificado demasiado, si bien un bebé recién nacido hace diez mil años es exactamente igual a un niño nacido hoy, absolutamente indistinguible, una característica de nuestra especie es la diversidad. Esta diversidad se manifiesta en una serie de cosas muy distintas, como el aspecto físico, las costumbres, la cultura.


Nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra sexualidad o la forma de analizar las cuestiones de género son muy distintas a las que tenía un ser humano de hace diez mil o cincuenta mil años.


Pero no solo somos distintos a otros humanos del pasado. Somos distintos a otras personas de nuestra época: un habitante de una gran urbe como Buenos Aires es muy distinto a un poblador de la Puna de Atacama –en el otro extremo de Argentina- pero también lo es respecto a un nativo de Tokio, o a un integrante de una tribu del Amazonas. E, incluso dentro de una misma zona del planeta, los humanos presentamos diferencias en cuestiones más sutiles como la orientación sexual o las cuestiones de género.


Si pudiéramos dormir 200 años y despertarnos en 2221, toda la cultura de esa época nos parecería incomprensible, seríamos auténticos extranjeros. Y seríamos extranjeros por igual todos: los de distintas culturas y países, los heterosexuales y los homosexuales, los religiosos y los ateos, las “feminazis” y los “machirulos”.


Quizás a la gente de mi generación (tengo 56) estas cuestiones le resultan más difíciles de asimilar que a los más jóvenes, a las generaciones de mis hijos, ya que hace treinta o cuarenta años la consideración de estas cuestiones era distinta –las culturas cambian-. Pero, en la historia de los seres humanos, los cambios son acompañados de continuidades. Hay situaciones que se repiten, aunque cambien los detalles.


Hay que cuestionar  duramente el concepto de “normalidad” que pretenden imponer ciertos sectores de pensamiento jurásico. Desde que nuestra cultura “occidental y cristiana” existe, ha habido tanto heterosexuales como homosexuales. Eso es nuestra “normalidad”: una mayoría de heterosexuales, y una minoría de homosexuales. Pero, no debemos olvidar que la historia de la humanidad es mucho más larga y compleja que nuestra cultura. Y sin irnos demasiado lejos, basta con analizar lo que fue la “normalidad” para dos culturas que son fuentes importantes  en las que se nutrió la nuestra: la griega y la romana. Hemos tomado muchísimas cosas de esas dos antiguas culturas del Mediterráneo: la lengua, los sistemas políticos, la filosofía, la religión (el cristianismo es una religión semítica “romanizada”, por eso la Iglesia se llama “Iglesia Católica Apostólica Romana”), el derecho, el teatro y mucho del arte en general…. La lista es muy larga. Y para esas culturas, que hacen a los fundamentos de mucho de lo que somos culturalmente, lo “normal” era la bisexualidad… Es decir, para un romano o un griego de la época clásica lo “normal” era tener relaciones sexuales con personas de ambos sexos. A cualquiera de ellos le hubiera costado mucho entender tanto nuestro concepto de “heterosexual”, como nuestro concepto de “homosexual”…


Algo similar sucede con las cuestiones de género. En la historia humana ha habido infinidad de culturas que fueron profundamente patriarcales, en las que las mujeres eran sometidas a un rol subordinado. La lucha de las mujeres por lograr una igualdad social, política y laboral con los varones es ya más que centenaria, y si bien ha logrado muchos éxitos, quedan muchas cosas por resolver. Las consecuencias de esta cultura patriarcal se infiltran por todos lados, hasta en el habla; en nuestro idioma el masculino actúa como genérico, y de ahí la introducción del lenguaje inclusivo, el reemplazo de la ”o” por la “e”. Entonces cuando decimos que somos todos “Homo Sapiens Sapiens” estamos usando la palabra “Homo”… ¿Deberíamos decir “Home”?


Por eso, y no debe extrañar, a veces a las personas de mi generación (o mayores) nos pueden resultar extrañas algunas de las tácticas que desarrolla esta lucha, pero lo que es indudable es que el reclamo de una absoluta igualdad para todos los seres human[e]s, sin importar su género, su orientación sexual, u otras características culturales, es completamente válida.


No debemos olvidar que la discriminación hacia determinados colectivos no sólo es social, sino que tiene consecuencias laborales muy negativas cuando se les paga distinto que a integrantes de  otros grupos, o simplemente no se los contrata. Las dificultades para conseguir empleos de los integrantes de algunos colectivos que se alejan demasiado de lo que algunos consideran como “normalidad” es un problema dramático de urgente resolución.


La diversidad es un rasgo estructural del hom[e] sapiens sapiens. Pretender que uno de los grupos de seres humanos representa una autoproclamada “normalidad” y que los demás son extraños no sólo es inaceptable: es absurdo, histórica y socialmente absurdo.


La igualdad en la diversidad es un objetivo que debería ser aceptado por todos.


 


Adrián Corbella


19 de enero de 2021

miércoles, 13 de enero de 2021

TODES, por Adrián Corbella (13 de enero de 2021)


 MIÉRCOLES, 13 DE ENERO DE 2021


El Frente de Todos es, como su nombre lo indica, un  Frente, es decir, una alianza. No se trata de una unión del kirchnerismo y sus aliados, sino de un frente integrado por distintas fuerzas políticas. Al kirchnerismo se sumaron para constituir esa alianza política el Frente Renovador de Sergio Massa y una serie de figuras que pertenecieron en alguna época al massismo (como Felipe Solá o el propio Alberto Fernández), así como otros dirigentes llegados desde otros lugares.


Todos o casi todos los integrantes del Frente de Todos tienen en común el pertenecer, decir pertenecer o haber pertenecido a esa enorme “especie” política argentina llamada  “peronistas”. Sabemos que esa especie se divide en varias tribus, algunas más ordenadas, otras tumultuosas, que se vinculan de distintas maneras, en ocasiones suman sus fuerzas, y en otras se dividen y confrontan. En muchas de las elecciones de los últimos años había representantes de alguna de las múltiples subespecies peronistas en casi todas las listas, en casi todas las fuerzas políticas.


El Frente de Todos se conformó porque sus integrantes tienen muchas coincidencias; pero, no debemos olvidar, que también tienen diferencias. El kirchnerismo y el Frente Renovador, por citar solo a las principales, han tenido históricamente posiciones muy divergentes acerca del chavismo o de la cuestión del lawfare y los presos políticos.


Es normal que en un Frente existan posiciones divergentes en algunas cuestiones. Si fueran todos iguales no harían un Frente, serían todos parte de una misma fuerza política. Uno podría preguntarse entonces porqué se juntan, pero la pregunta tiene una respuesta más que evidente: para ganar o, al menos, para evitar que algún otro gane. Hay una vieja tradición ya casi centenaria, que se remonta a los Frentes Populares europeos de la década del ’30. En esa oportunidad, todos los partidos que se consideraban democráticos se unieron contra las fuerzas fascistas, a las que consideraban no un adversario sino un enemigo, una fuerza de otra índole, de una condición inaceptable.


En la Argentina de 2019 lo que se quería evitar era la permanencia en el poder del macrismo, que además de una política socio-económica realmente perniciosa, mostraba rasgos autoritarios y desprolijidades institucionales preocupantes.


Cristina Fernández venía buscando una alianza de este tipo desde 2015, cuando impulsó a una figura moderada como Daniel Scioli; lo reafirmó a comienzos de 2016, con el discurso frente a los tribunales de Comodoro Py; volvió a intentarlo en 2017, negociando hasta último momento la unidad con Florencio Randazzo; insistió en 2018, coqueteando con Alberto Rodríguez Saa; y lo logró finalmente en 2019, con la candidatura de Alberto Fernández y la incorporación de Sergio Massa, de Felipe Solá y de varios gobernadores extremadamente moderados.


Los kirchneristas argumentamos (con razón) que aportamos probablemente tres cuartas partes de los votos del FdT. Voto más, voto menos, es correcto. Pero, sin ese otro sector más moderado, hubiera habido un empate en torno a 40% de los votos, y una “definición por penales” (ballotage) de resultado incierto. Aún en el caso de haber ganado esa definición, la gobernabilidad hubiera sido deplorable.


Mantener esa unidad es algo absolutamente vital para evitar un regreso al poder de la otra alianza, la alianza de derecha que es tan poco afecta a los valores “republicanos” -pese a que los declama todo el tiempo-.


Luchar por mantener la unidad tampoco significa aceptar cualquier cosa. Es perfectamente válido que el votante reclame a sus autoridades, plantee sus inquietudes y sus necesidades.


El tema judicial es una de las cuestiones institucionales más inquietantes, porque vivimos con un sistema judicial que invade jurisdicciones de otros poderes y emite resoluciones que son difíciles de justificar a partir de la Constitución y las leyes. Que se continúe juzgando o se haya condenado a dirigentes políticos de la etapa anterior a 2015 en “juicios” de una desprolijidad alarmante nos resulta inaceptable; nos parece una afrenta muy dolorosa la permanencia en prisión de esos mártires.


Quizás debamos tomar nota de experiencias recientes. El 17 de octubre de 2020 el gobierno no deseaba movilizar, hizo lo imposible por desactivar cualquier evento presencial. La movilización se dio igual por presión desde abajo, y terminó fortaleciendo al FdT en un contexto en que la oposición avanzaba con protestas callejeras realmente destituyentes.


Esa experiencia no debe ser olvidada. Esa experiencia es útil y valiosa.


Adrián Corbella


12 de enero de 2021

Publicada en MIRANDO HACIA ADENTRO y ERASE UNA VEZ EN PERONIA

CRISTIANISMO, PERONISMO Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL, por Adrián Corbella

  En las elecciones de 1946 la fórmula Perón-Quijano se impuso en las elecciones presidenciales derrotando a la Unión   Democrática, alian...