Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de febrero de 2021

ESOS PERONISTAS DE KOREA DEL SUR


 


En nuestro país el estudio de la economía está dominado por el neoliberalismo, que presenta su teoría económica no como eso, como una teoría entre tantas, sino como “la” economía, y lo que es peor aún, como las “Ciencias” económicas. Los neoliberales, auténticos talibanes del pensamiento económico, separan a las economía de sus disciplinas hermanas, las “ciencias” sociales, y la ubican más cerca de las ciencias exactas.

Esta particular visión del mundo económico que tienen los neoliberales deja de lado no sólo la concreta existencia de una multiplicidad de teorías económicas, sino el estudio de la experiencias históricas concretas de aquellos países que ya alcanzaron el desarrollo, que de ninguna manera son homogéneas.

Es común escuchar a economistas neoliberales ponderar la experiencia de los llamados “Tigres asiáticos”, y ponerlos como modelo de lo que se debería hacer para alcanzar idéntico resultado. Habría que arrancar diciendo que dichos felinos no lograron el desarrollo haciendo lo que nuestros gurúes del dios Mercado pregonan.

Uno de los casos más mentados de éxito económico explosivo en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI es el de Korea del Sur.

Uno debería marcar, en primer lugar, que a países como Korea del Sur, Japón o Alemania, se les permitió mantener un alto perfil industrial y tecnológico porque defendían una frontera caliente del imperio norteamericano durante la Guerra Fría. Pero, más allá de esa circunstancia, deberíamos analizar qué tipos de políticas les permitieron alcanzar el desarrollo.

Nos dice Julián Varsavsky en una nota publicada por Página 12 (1)  hace unos años: “La retórica del ‘milagro coreano’ continúa con una catarata de datos: entre 1963 y 1995 el PIB se multiplicó por 12; entre los años 1982 a 1997 la producción industrial aumentó 450 por ciento. Y en 30 años pasaron de ser un país agrario, a una potencia industrial que es la segunda constructora naval del mundo, la tercera en electrónica, la quinta en automóviles y la sexta en siderurgia” (1). El autor señala luego que esos análisis excluyen el alto nivel de explotación laboral y la espantosa tasa de suicidios de la sociedad coreana, las condiciones políticas en las que se lograron esos resultados (una dictadura militar muy represiva), y lo que señalábamos antes, la posición estratégica dentro del conflicto global con el mundo comunista.

“El otro factor determinante en el tipo de relación económica con Estados Unidos fue el hecho de que Corea del Sur no es rica en reservas energéticas ni commodities que despertaran el interés extractivo de las trasnacionales: esto hizo que los norteamericanos les permitiesen cierto desarrollo económico independiente” (1), nos dice Varsavsky.

En lo que respecta a las políticas concretas que desarrollaron los coreanos DEL SUR durante estos años, se parecen mucho más a las que impulsó el primer peronismo que a los delirios  de libre mercado de los neoliberales:

“Las políticas de planificación surcoreana fueron lo opuesto, en varios aspectos, a la teoría neoliberal promovida hasta hoy por el Banco Mundial, con el cual Corea del Sur no se endeudó durante su despegue. Tampoco recurrieron a inversión extranjera. Se hizo una reforma agraria con expropiación sin indemnización de latifundios japoneses –los coreanos sí recibieron pago–, lo cual contrarrestó el reclamo de los comunistas sureños, que eran populares después de la guerra y fueron exterminados.

La tierra se repartió en pequeñas parcelas y el Estado exigía a los campesinos venderle parte de la producción a precio bajo –dejándolos en la pobreza–, otra intervención estatal apartada de la idea de una ‘mano invisible’ del mercado.


Para impulsar el desarrollo, se aplicó una política de industrialización por sustitución de importaciones, cerrando el ingreso al país de toda clase de productos extranjeros, salvo materias primas. El general Park nacionalizó el sistema financiero para engrosar el poderoso brazo estatal, cuya intervención en la economía fue a través de planes quinquenales: 1) Entre 1962 y 1966 se impulsó el desarrollo energético, textil y cementero. 2) Entre 1967 y 1971 se enfocaron en fibras sintéticas, petroquímica y equipos eléctricos. 3) Entre 1972 y 1976 se hizo eje en siderurgia, transporte, electrodomésticos y construcción naval.”(1)

Por supuesto que una vez alcanzado el desarrollo, los surcoreanos impulsan hoy medidas de libre mercado. Las medidas que impulsan los neoliberales sirven para países desarrollados. Nunca nadie se ha desarrollado llevando adelante esas políticas.

Ha Joon Chang es seguramente el más prestigioso economista contemporáneo de Corea del Sur. Es profesor de la Universidad de Cambridge y fue declarado en 2014 por la revista Time “una de las diez personas más influyentes del mundo”.

En su libro “Economía para el 99% de la población” (2) el economista surcoreano señala que los economistas neoliberales afirman que la economía puede explicarlo casi todo, cuando en realidad  “ha fracasado estrepitosamente en lo que la mayoría de los no economistas consideran su tarea principal, es decir, explicar la actividad económica” (3).

Y concluye que “la economía parece sufrir un serio caso de megalomanía: ¿Cómo podría una disciplina que ni siquiera puede explicar su propia área pretender explicarlo (casi) todo?” (4).

Chang nos marca la existencia de 9 teorías económicas distintas (5), y critica duramente a los que analizan desde una sola de ellas, ya que: “dan por sentado que existe una sola manera correcta de ‘hacer economía’; es decir, el enfoque neoclásico. Los peores exponentes ni siquiera se toman el trabajo de informar a sus lectores de que existen otras escuelas de economía además de la neoclásica”, pese a que “existen muchas maneras diferentes de hacer economía, cada una de ellas con sus énfasis, sus puntos ciegos, sus fortalezas y sus debilidades” (6) por lo que recomienda siempre tomar en simultáneo dos o tres de esas teorías económicas, teniendo en cuenta cuáles son sus fortalezas y qué problemas concretos se pretende resolver.

Ha-Joon analiza pormenorizadamente el desarrollo capitalista en distintos países y épocas, y enfatiza que el esquema creado en la posguerra a partir del sistema de Bretton Woods y la emergencia de organismo como el FMI y el Banco Mundial ralentizó el crecimiento de los países desarrollados y e interrumpió la “revolución industrial en el Tercer Mundo” (7).

Y concluye señalando que en la etapa de predominio de las ideas clásicas primero y neoclásicas después, “Chile fue el único país que prosperó bajo las políticas neoliberales de las décadas de 1980 y 1990, pero a expensas de un considerable costo humano bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1974-1990).

Todas las otras historias de éxito en este período fueron naciones que usaron ampliamente la intervención estatal y que sólo liberalizaron gradualmente su economía. Los mejores ejemplos fueron Japón, los ‘tigres’ (o ‘dragones’, según cuál sea su animal predilecto) del Sudeste Asiático (Corea del Sur, Taiwan y Singapur) y, cada vez más, China” (8).

En  definitiva, lo que queda claro es que aquellos que nos dicen que hay que hacer esto o aquello porque es lo que se hace “en todas partes del mundo” conocen poco del mundo, y, sobre todo, de su historia.

 

Adrián Corbella

15-02-21

 

 

NOTAS:

(1): Julián Varsavsky: “Corea del Sur no es un milagro”

https://www.pagina12.com.ar/104906-corea-del-sur-no-es-un-milagro

(2): HA-JOON CHANG: “Economía para el 99% de la población”, Editorial Debate,  Buenos Aires, 2015

(3): Ha-Joon Chang, op.cit., pag.30

(4): Ha-Joon Chang, op.cit., pag.31

(5): Clásica, neoclásica, marxista, desarrollista, austríaca, schumpeteriana, keynesiana, institucionalista y conductista (ver páginas 155 a 158 del libro de Ha-Joon Chang antes citado)

(6): Ha-Joon Chang, op.cit., pag.38

(7): Ha-Joon Chang, op.cit., pag.94

(8): Ha-Joon Chang, op.cit., pag.95

 

 Publicado en ERASE UNA VEZ EN PERONIA y en MIRANDO HACIA ADENTRO

 

 

miércoles, 24 de febrero de 2021

PRIMERO LA PATRIA, por Adrián Corbella (24 de febrero de 2021)

 



Primero la Patria, después el movimiento, y por último los hombres. Por supuesto. Estamos hablando de una fuerza política que se plantea objetivos colectivos, sociales, antes que objetivos individuales de los hombres, o sectoriales del movimiento.  El mensaje es claro, pero obviamente la implementación no lo es tanto, ya que son los hombres los que integran el movimiento, y los que deciden cuál es la mejor manera de servir a la Patria.

En el mundo de las relaciones sociales, las contradicciones están  a la orden del día. La fuerza política que deja en tercer lugar la decisión de los hombres, ha tenido siempre liderazgos fuertes, figuras que, en su momento, condujeron con decisión al movimiento: desde Perón a Néstor, desde Eva a Cristina, y, con otra orientación dentro de las diversidades de las tribus de la especie peronista, el propio Carlos Saúl Menem.

¿Se sirve a la Patria encuadrándose bajo la conducción del líder del movimiento, aunque sufra metamorfosis tan profundas como las ocurridas en los ’90, o se debe procurar tomar decisiones más personales? “Ningún peronista debe sentirse más de lo que es, ni menos de lo que debe ser”, nos dice la séptima verdad del Peronismo. A veces resulta difícil definir quien comete ese pecado: si el militante que se verticaliza ante líderes que no parecen servir a la Patria, o el que se rebela y patea el tablero.

El peronismo es eso. Grandes verticalismos, y grandes rebeliones. Una especie con multitud de tribus, semejantes pero diferentes, que a veces coinciden con vigor y logran resultados electorales pasmosos, y otras se retuercen y se enfrentan, pues cada uno entiende al peronismo a su manera

Quizás no sea casualidad que la mayoría de los grandes intelectuales que aportaron al peronismo hayan estado más en sus bordes que en el centro, hayan sido casi outsiders pese a constituir el eje del pensamiento del movimiento.

Podríamos empezar por el gran John William Cooke, el único quizás que se animaba a debatirle a Perón mano a mano, cara a cara, y que terminó siendo un nexo entre peronismo y socialismo.

Manuel Ugarte, el gran pensador latinoamericano de origen socialista, tres veces echado del P.S. por “nacionalismo burgués”, quien apoyó al peronismo pero teniendo a veces posturas críticas.

Don Arturo Jauretche, pensador de origen radical yrigoyenista transformado quizá en un ícono del peronismo, y quien también se movió en los bordes y con algunas diferencias de criterio.

Y ya en nuestra época, el gran Norberto Galasso, quien sostiene que en un esquema maniqueo de peronismo-antiperonismo él es obviamente peronista, pero que en realidad su corazón está con la Izquierda Nacional, corriente ideológica que se ha movido siempre junto al peronismo.

Estas contradicciones han llevado al peronismo a enfrentamientos internos, a veces violentos, y a grandes divisiones, muchas veces muy profundas.

Nicolás Casullo escribía en 2002 en referencia a estos enfrentamientos y contradicciones entre distintas interpretaciones del peronismo:

“De ahí que en las nuevas generaciones de jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel “peronismo de izquierda” no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado.”(1) 

Larga es la lista de enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los ‘cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo’ y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones.”(1), para cerrar la nota, con una frase casi profética referida a esa curiosa etapa de 2002-03 en que el peronismo buscaba su identidad, y su candidato para reemplazar al Presidente Duhalde:

“En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur.” (1)

Es que cada vez que el peronismo parece que termina, parece que ha sido fagocitado por sus contradicciones, se retuerce y renace. Saca de la galera un perfil renovado, un liderazgo impensado, y  amanece una vez más.

Otro intelectual vinculado al peronismo, Héctor Valle, comentando la misma etapa de que hablaba Casullo, señaló:

“¿Alguien, en 2002, esperaba que nos salváramos del descenso y que, a poco de andar recuperáramos la ilusión del campeonato?” (2)

La ilusión del campeonato, la última narración escondida en los mares del Sur, la reconstrucción de la Patria. Con sus más y sus menos, el peronismo siempre procura transitar esos caminos, generalmente pedregosos. Esto tiene su lógica porque, como escribió hace varios años Carlos Barragán, el peronismo surgió cuando el proyecto liberal neocolonial del siglo XIX se había ido a la banquina.

“En este punto me gusta pensar que el peronismo no es la causa del país que somos, es el efecto del país que somos. No es un mal paso que nos hizo caer a la banquina, es el resultado de estar en la banquina. Y cada vez más, me parece que para haber surgido de la banquina de nuestra historia, el peronismo es un milagro, este peronismo que al llegar el tercer milenio es lo único que puede ponernos sobre la ruta." (3)

Son esas contradicciones, ese moverse entre verticalismo y rebeldía, entre estabilidad y transformaciones revolucionarias, esa capacidad para siempre sacar un último haz de la manga que permita ganar la partida, lo que transforma a un peronismo muchas veces turbulento, incompresible, desdoblado, inabordable, con profundos claroscuros, con algunas figuras grandiosas, y con otras patéticas, en el Océano tumultuso en el que navega la Patria, en la gran masa de agua que le impide encallar en los bajos fondos de un liberalismo que no tiene proyecto de país, sino un plan de negocios. Es lo que nos permite gambetear a ese conjunto de talibanes del Dios Mercado que vuelcan permanentemente la calesita.

“Tenemos Patria”, dijo el único prócer que camina entre nosotros. Por supuesto. Como dijo el General: “Primero la Patria”.

Por Adrián Corbella

24 de febrero de 2021

NOTAS:

(1): https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156842-2010-11-14.html

(2): https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156896-2010-11-15.html

(3): CARLOS BARRAGAN: “Soy la mierda oficialista”, ed. Norma, Bs. As., 2011

sábado, 30 de enero de 2021

DISTOPÍAS, por Adrián Corbella



Cada vez son más numerosas las superproducciones de Hollywood que nos muestran distopías, sociedades del futuro que son todo lo opuesto a la una sociedad ideal. Los ricos cada vez más ricos, y con una creciente capacidad de vivir su vida aislados de los problemas cotidianos de los simples mortales, los pobres cada vez más pobres, más marginados, y sumergidos en la violencia y la desesperanza.


Elyssium es una de esas películas, y lleva el razonamiento al absurdo, ya que en ese mundo tan poco ideal, la Tierra había quedado para los pobres, que vivían en un infierno sin salud, sin trabajo y sin paz. Los ricos, por su parte, vivían en Elyssium, en enorme satélite artificial que orbitaba la tierra y que se había construido como un mundo perfecto, en el cual los ricos tenían todas las atenciones y comodidades.


No se trata de delirios afiebrados de guionistas que abusan de los alucinógenos. En verdad estos esquemas significan nada más ni nada menos que llevar la lógica del mundo moderno a su consecuencia final.


Hace muchas décadas que la riqueza se concentra en el mundo de manera creciente. Pero, además de esta concentración, se produce un creciente aislamiento de esos ricos respecto a las masas que se van sumergiendo en la pobreza: barrios privados, seguridad privada, autos blindados, helicópteros… y dentro de nada comenzarán a aparecer los autos-aviones, que podrán despegar y aterrizar casi en cualquier lado. El mundo de Elyssium no es otra cosa que llevar esta lógica a su consecuencia final: los ricos se construyen su Edén, y dejan a los pobres el infierno.


En nuestra sociedad, los pobres ven no solo que su condición es cada vez peor, sino que su única fuente de ingresos, el trabajo, retrocede a una velocidad pasmosa, acosado por las tecnologías que reemplazan hombres por robots, o por programas informáticos. Los especialistas en informática y robótica detallan una enorme cantidad de trabajos que hoy todavía son realizados por humanos, pero que serán robotizados en los próximos lustros. No hablamos de cien años; hablamos de diez o veinte.


¿Cuál será el destino de esa masa creciente y compacta de pobres en un mundo donde el trabajo sea un concepto arcaico, en vías de extinción? ¿Podrán, como en la película Elyssium, rebelarse y conquistar el mundo de los ricos?. Aunque los ricos controlen el aparato de seguridad del Estado y repriman las expresiones populares, va a ser un mundo difícil, duro, violento a menos que los ricos hagan como en el mencionado film y abandonen la Tierra instalándose en un lugar seguro.


La principal alternativa al mundo de Elyssium sería un mundo donde el Estado recupere su rol económico y social, un Estado activo, benefactor, emprendedor, que trate de evitar que la marginalidad se extienda y lo domine todo, y oriente parte de la inversiones por afuera de la lógica financiera del capitalismo 2.0


Cuando se plantean las cosas de esta manera aparecen recetas que los talibanes neoliberales califican de “populistas”, pero que son necesarias en  estos tiempos, como lo demuestran las decisiones de muchos gobiernos -bastante ortodoxos- durante un año tan particular como fue el 2020. Muchos aceptan estas medidas a regañadientes porque es un año de pandemia y cuarentena, pero las rechazan para etapas “normales”. La gran pregunta es qué pasará, pasada la pandemia, si se instala una normalidad donde la brecha entre ricos y pobres se amplíe en forma creciente –como viene pasando desde hace varios años- y el trabajo sea una actividad escasa, extraña, que no esté al alcance de todos. Instalada esta nueva normalidad, ¿Podría el Estado desentenderse, a riesgo de terminar como los ricos de Elyssium, o debería encontrar nuevas formas “populistas” para evitar un gran estallido popular, seguramente sangriento?.


Subsidios, seguros de desempleo y AUH no son sino pequeñas migajas de un fenómeno que podría universalizarse, o profundizarse a través de reclamos como el de la Renta Básica Universal, medida que tiene sus partidarios en muchísimos países del mundo.


Quizás pueda pensarse en una alternativa más productiva. La quinta verdad del peronismo decía: “En la nueva Argentina de Perón, el trabajo es un derecho que crea la dignidad del Hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.”


En un mundo que parece empeñado en destruir las formas tradicionales de trabajo, ¿Podría pensarse en alternativas?, ¿Es viable que cada uno produzca lo que consume?, ¿Se puede pensar en pequeños productores, quizás agrupados en cooperativas?, ¿Productos Orgánicos?, ¿Producción autosustentable?, ¿Unidades autosuficientes?, ¿Puede coexistir una estructura así con un mundo transnacionalizado?.


¿Se puede combatir una distopía con una utopía?


Tenemos más preguntas que respuestas. Pero una cosa queda clara. Si la economía financierizada concentra la riqueza y fabrica pobres, y la tecnología informática y robótica van eliminando la necesidad del trabajo humano, parece claro que el futuro puede ser una distopía horrorosa, que probablemente termine en un proceso revolucionario como en Elyssium, o deberá encontrar otra lógica económica y social que permita a los hombres construir y alimentar a sus familias y vivir en paz.


 


Adrián Corbella


29 de enero de 2021


PUBLICADO "EN MIRANDO HACIA ADENTRO" Y "ERASE UNA VEZ EN PERONIA"

martes, 26 de enero de 2021

TODOS LOS POLITICOS [NO] SON IGUALES, por Adrián Corbella (26-01-21)



“La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”


Novena de las 20 Verdades del Peronismo



 


Política viene de polis. Las polis eran las ciudades-estado griegas, el núcleo en torno al que se organizaba la vida de este pueblo de la Antigüedad que fue el creador de la democracia. Hacer política significaba por lo tanto ocuparse de los asuntos de la polis, de la comunidad. Era para los griegos una actividad muy elevada, una actividad que significaba un compromiso del que la hacía con todos los demás integrantes de esa polis. La política no era para los griegos una actividad a la que se dedicara una minoría de especialistas: todos los ciudadanos varones tenían el derecho a opinar y votar, y no se votaban candidatos, sino que se votaban las leyes, se tomaban las decisiones de gobierno. Es lo que se llama una democracia directa.


No debemos idealizar esta democracia griega. Las mujeres no podían participar. Los esclavos (que muchas veces eran más numerosos que los hombres libres) tampoco. Y casi todas las polis griegas negaban el derecho a voto a los extranjeros, y a los descendientes de extranjeros.







Pero, esta primera experiencia de democracia en la vieja Europa, nos ayuda a entender qué es la política: ocuparse de los problemas que nos conciernen a todos, ocuparse de intentar facilitarle al “pueblo” (un neoliberal diría “la gente”) su vida cotidiana. Por eso la palabra política es muy amplia, y abarca casi todo. Cuando analizamos un problema de nuestra comunidad (salud, trabajo, inseguridad, o el que sea) y proponemos acciones, o hablamos bien –o mal- de las soluciones que proponen las autoridades, estamos tratando temas políticos, estamos “haciendo política”. La inmensa mayoría de la gente que dice que no le interesa la política, y que no se mete en política, hace todo el tiempo juicios de tipo político, habla y opina sobre temas políticos. Ser “apolítico” es una actitud claramente política, y cuando uno comienza a charlar con esos apolíticos, generalmente descubre que son “apolíticos”… pero son de derecha.


Las polis griegas eran pequeñas comunidades de pocos miles de habitantes, del tamaño de un barrio de nuestras megaciudades modernas. Por eso era posible la existencia de una democracia directa. En cambio, en nuestras sociedades, los sistemas democráticos son de tipo indirecto: los ciudadanos eligen candidatos, que ocupan los cargos públicos por cierta cantidad de años, y son esos candidatos quienes toman las decisiones concretas de gobierno en nombre de sus votantes. Pasado el período de gobierno de ese candidato (por ejemplo los cuatro años de un Presidente), los ciudadanos deben decidir si le renuevan la confianza, o si eligen a otro. Entonces va surgiendo en nuestras sociedades un grupo de políticos “profesionales”, de gente cuyo trabajo habitual es ser político, y que ocupan diversos cargos a lo largo de décadas. Hay ejemplos de esto en personalidades de todas las orientaciones ideológicas, de todas las fuerzas políticas.


Esta continuidad de las mismas personas en diversos cargos algunos la ven como algo negativo, cuando en realidad no lo es. Si todos los candidatos políticos se renovaran continuamente, si no hubiera reelecciones en cargos ejecutivos o legislativos, tendríamos siempre una dirigencia política amateur, moviéndose entre dirigentes empresariales y funcionarios judiciales altamente experimentados, que ocupan cargos durante décadas.


No encuentro ninguna ventaja en tener un conjunto de novatos tratando de dirigir nuestras sociedades. Es mucho mejor tener gente con experiencia. El problema no es, por lo tanto, cuánto tiempo ocupa una persona un cargo -pensemos en Ángela Merkel, la eterna dirigente alemana-, sino si lo hace bien o mal , y si lo hace pensando en sí mismo o en la comunidad a la que representa.


“La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional” nos dice la novena verdad peronista. Este principio del peronismo, que nos remite al concepto de política que tenían los griegos, es el eje del análisis del accionar político de cualquier funcionario, o debería serlo. ¿Trabaja para sí mismo, o para nosotros, que lo votamos?


Y aquí, como en casi todas las cuestiones humanas, los juicios globales y  absolutos no son válidos. Todos los políticos no son iguales. Como no son iguales todos los médicos, los docentes, los abogados, los comerciantes, los arquitectos, o los policías. O cualquier otro grupo. Lo vemos en la gran política, y los que hemos militado lo vimos en el pequeño universo político de una unidad básica.


Hay políticos que mantienen sus convicciones contra viento y marea, que están siempre en el mismo lugar, y cuando las cosas no vienen bien para su fuerza política resisten al tsunami con valentía y entereza. Y hay otros que son como hojitas arrastradas por el viento, que van volando de partido en partido, que siempre buscan la luz y el calor del sol, y que no entienden el concepto de fidelidad: no tienen fidelidad ni a una fuerza o dirigente político, ni a sus votantes, ni a sus ideas.


A nivel micro, quienes alguna vez hemos militado, hemos visto de los dos. Los segundos son olvidables, pero los primeros se mantienen vívidos en la memoria; gente que le dedica un par de horas a sus convicciones políticas al regreso de su trabajo; “vaquitas” para pagar el alquiler o el teléfono del local partidario; o militantes concurriendo un domingo a pintar, arreglar o a baldear un local recién alquilado, codo a codo con referentes importantes de ese espacio.


Mucha gente no logra discernir estas sutilezas. Para ellos son todos iguales, aunque no sea así. Es difícil explicarle a esa gente, pero hay una hermosa frase del gran Alejandro Dolina que puede servir para eso:


“Para quienes dicen todos los políticos son lo mismo, les contesto que para un analfabeto todos los libros son iguales”.


 


Adrián Corbella


25 de enero de 2021

Publicado en MIRANDO HACIA ADENTRO y ERASE UNA VEZ EN PERONIA

 

martes, 19 de enero de 2021

HOME SAPIENS SAPIENS, por Adrián Corbella (19 de enero de 2021)


Nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens, ocupa la Tierra desde hace unos 100.000 años. Y, si bien desde un aspecto físico no se ha modificado demasiado, si bien un bebé recién nacido hace diez mil años es exactamente igual a un niño nacido hoy, absolutamente indistinguible, una característica de nuestra especie es la diversidad. Esta diversidad se manifiesta en una serie de cosas muy distintas, como el aspecto físico, las costumbres, la cultura.


Nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra sexualidad o la forma de analizar las cuestiones de género son muy distintas a las que tenía un ser humano de hace diez mil o cincuenta mil años.


Pero no solo somos distintos a otros humanos del pasado. Somos distintos a otras personas de nuestra época: un habitante de una gran urbe como Buenos Aires es muy distinto a un poblador de la Puna de Atacama –en el otro extremo de Argentina- pero también lo es respecto a un nativo de Tokio, o a un integrante de una tribu del Amazonas. E, incluso dentro de una misma zona del planeta, los humanos presentamos diferencias en cuestiones más sutiles como la orientación sexual o las cuestiones de género.


Si pudiéramos dormir 200 años y despertarnos en 2221, toda la cultura de esa época nos parecería incomprensible, seríamos auténticos extranjeros. Y seríamos extranjeros por igual todos: los de distintas culturas y países, los heterosexuales y los homosexuales, los religiosos y los ateos, las “feminazis” y los “machirulos”.


Quizás a la gente de mi generación (tengo 56) estas cuestiones le resultan más difíciles de asimilar que a los más jóvenes, a las generaciones de mis hijos, ya que hace treinta o cuarenta años la consideración de estas cuestiones era distinta –las culturas cambian-. Pero, en la historia de los seres humanos, los cambios son acompañados de continuidades. Hay situaciones que se repiten, aunque cambien los detalles.


Hay que cuestionar  duramente el concepto de “normalidad” que pretenden imponer ciertos sectores de pensamiento jurásico. Desde que nuestra cultura “occidental y cristiana” existe, ha habido tanto heterosexuales como homosexuales. Eso es nuestra “normalidad”: una mayoría de heterosexuales, y una minoría de homosexuales. Pero, no debemos olvidar que la historia de la humanidad es mucho más larga y compleja que nuestra cultura. Y sin irnos demasiado lejos, basta con analizar lo que fue la “normalidad” para dos culturas que son fuentes importantes  en las que se nutrió la nuestra: la griega y la romana. Hemos tomado muchísimas cosas de esas dos antiguas culturas del Mediterráneo: la lengua, los sistemas políticos, la filosofía, la religión (el cristianismo es una religión semítica “romanizada”, por eso la Iglesia se llama “Iglesia Católica Apostólica Romana”), el derecho, el teatro y mucho del arte en general…. La lista es muy larga. Y para esas culturas, que hacen a los fundamentos de mucho de lo que somos culturalmente, lo “normal” era la bisexualidad… Es decir, para un romano o un griego de la época clásica lo “normal” era tener relaciones sexuales con personas de ambos sexos. A cualquiera de ellos le hubiera costado mucho entender tanto nuestro concepto de “heterosexual”, como nuestro concepto de “homosexual”…


Algo similar sucede con las cuestiones de género. En la historia humana ha habido infinidad de culturas que fueron profundamente patriarcales, en las que las mujeres eran sometidas a un rol subordinado. La lucha de las mujeres por lograr una igualdad social, política y laboral con los varones es ya más que centenaria, y si bien ha logrado muchos éxitos, quedan muchas cosas por resolver. Las consecuencias de esta cultura patriarcal se infiltran por todos lados, hasta en el habla; en nuestro idioma el masculino actúa como genérico, y de ahí la introducción del lenguaje inclusivo, el reemplazo de la ”o” por la “e”. Entonces cuando decimos que somos todos “Homo Sapiens Sapiens” estamos usando la palabra “Homo”… ¿Deberíamos decir “Home”?


Por eso, y no debe extrañar, a veces a las personas de mi generación (o mayores) nos pueden resultar extrañas algunas de las tácticas que desarrolla esta lucha, pero lo que es indudable es que el reclamo de una absoluta igualdad para todos los seres human[e]s, sin importar su género, su orientación sexual, u otras características culturales, es completamente válida.


No debemos olvidar que la discriminación hacia determinados colectivos no sólo es social, sino que tiene consecuencias laborales muy negativas cuando se les paga distinto que a integrantes de  otros grupos, o simplemente no se los contrata. Las dificultades para conseguir empleos de los integrantes de algunos colectivos que se alejan demasiado de lo que algunos consideran como “normalidad” es un problema dramático de urgente resolución.


La diversidad es un rasgo estructural del hom[e] sapiens sapiens. Pretender que uno de los grupos de seres humanos representa una autoproclamada “normalidad” y que los demás son extraños no sólo es inaceptable: es absurdo, histórica y socialmente absurdo.


La igualdad en la diversidad es un objetivo que debería ser aceptado por todos.


 


Adrián Corbella


19 de enero de 2021

miércoles, 13 de enero de 2021

TODES, por Adrián Corbella (13 de enero de 2021)


 MIÉRCOLES, 13 DE ENERO DE 2021


El Frente de Todos es, como su nombre lo indica, un  Frente, es decir, una alianza. No se trata de una unión del kirchnerismo y sus aliados, sino de un frente integrado por distintas fuerzas políticas. Al kirchnerismo se sumaron para constituir esa alianza política el Frente Renovador de Sergio Massa y una serie de figuras que pertenecieron en alguna época al massismo (como Felipe Solá o el propio Alberto Fernández), así como otros dirigentes llegados desde otros lugares.


Todos o casi todos los integrantes del Frente de Todos tienen en común el pertenecer, decir pertenecer o haber pertenecido a esa enorme “especie” política argentina llamada  “peronistas”. Sabemos que esa especie se divide en varias tribus, algunas más ordenadas, otras tumultuosas, que se vinculan de distintas maneras, en ocasiones suman sus fuerzas, y en otras se dividen y confrontan. En muchas de las elecciones de los últimos años había representantes de alguna de las múltiples subespecies peronistas en casi todas las listas, en casi todas las fuerzas políticas.


El Frente de Todos se conformó porque sus integrantes tienen muchas coincidencias; pero, no debemos olvidar, que también tienen diferencias. El kirchnerismo y el Frente Renovador, por citar solo a las principales, han tenido históricamente posiciones muy divergentes acerca del chavismo o de la cuestión del lawfare y los presos políticos.


Es normal que en un Frente existan posiciones divergentes en algunas cuestiones. Si fueran todos iguales no harían un Frente, serían todos parte de una misma fuerza política. Uno podría preguntarse entonces porqué se juntan, pero la pregunta tiene una respuesta más que evidente: para ganar o, al menos, para evitar que algún otro gane. Hay una vieja tradición ya casi centenaria, que se remonta a los Frentes Populares europeos de la década del ’30. En esa oportunidad, todos los partidos que se consideraban democráticos se unieron contra las fuerzas fascistas, a las que consideraban no un adversario sino un enemigo, una fuerza de otra índole, de una condición inaceptable.


En la Argentina de 2019 lo que se quería evitar era la permanencia en el poder del macrismo, que además de una política socio-económica realmente perniciosa, mostraba rasgos autoritarios y desprolijidades institucionales preocupantes.


Cristina Fernández venía buscando una alianza de este tipo desde 2015, cuando impulsó a una figura moderada como Daniel Scioli; lo reafirmó a comienzos de 2016, con el discurso frente a los tribunales de Comodoro Py; volvió a intentarlo en 2017, negociando hasta último momento la unidad con Florencio Randazzo; insistió en 2018, coqueteando con Alberto Rodríguez Saa; y lo logró finalmente en 2019, con la candidatura de Alberto Fernández y la incorporación de Sergio Massa, de Felipe Solá y de varios gobernadores extremadamente moderados.


Los kirchneristas argumentamos (con razón) que aportamos probablemente tres cuartas partes de los votos del FdT. Voto más, voto menos, es correcto. Pero, sin ese otro sector más moderado, hubiera habido un empate en torno a 40% de los votos, y una “definición por penales” (ballotage) de resultado incierto. Aún en el caso de haber ganado esa definición, la gobernabilidad hubiera sido deplorable.


Mantener esa unidad es algo absolutamente vital para evitar un regreso al poder de la otra alianza, la alianza de derecha que es tan poco afecta a los valores “republicanos” -pese a que los declama todo el tiempo-.


Luchar por mantener la unidad tampoco significa aceptar cualquier cosa. Es perfectamente válido que el votante reclame a sus autoridades, plantee sus inquietudes y sus necesidades.


El tema judicial es una de las cuestiones institucionales más inquietantes, porque vivimos con un sistema judicial que invade jurisdicciones de otros poderes y emite resoluciones que son difíciles de justificar a partir de la Constitución y las leyes. Que se continúe juzgando o se haya condenado a dirigentes políticos de la etapa anterior a 2015 en “juicios” de una desprolijidad alarmante nos resulta inaceptable; nos parece una afrenta muy dolorosa la permanencia en prisión de esos mártires.


Quizás debamos tomar nota de experiencias recientes. El 17 de octubre de 2020 el gobierno no deseaba movilizar, hizo lo imposible por desactivar cualquier evento presencial. La movilización se dio igual por presión desde abajo, y terminó fortaleciendo al FdT en un contexto en que la oposición avanzaba con protestas callejeras realmente destituyentes.


Esa experiencia no debe ser olvidada. Esa experiencia es útil y valiosa.


Adrián Corbella


12 de enero de 2021

Publicada en MIRANDO HACIA ADENTRO y ERASE UNA VEZ EN PERONIA

sábado, 5 de diciembre de 2020

LAWFARELAND REPUBLIC, por Adrián Corbella

 



En una democracia las autoridades son elegidas por el pueblo. En Argentina es así al menos con las autoridades ejecutivas y legislativas. En cambio los funcionarios judiciales son nombrados con un procedimiento muy complejo en el que intervienen, en forma indirecta, las autoridades elegidas por el pueblo.

La designación de los jueces no sólo se vincula de una manera indirecta al voto popular sino que, por su continuidad en el cargo hasta su jubilación a los 75 años, representan al voto popular de otra época, a veces muy alejada.

La Corte Suprema de Justicia de hoy está integrada por dos jueces nombrados en tiempos de Macri (Rosenkrantz y Rosatti), dos en tiempos del kirchnerismo (Highton y Lorenzetti) y uno en tiempos de Duhalde (Maqueda). Esta pervivencia de los jueces en el cargo es a veces más dramática: el 1 de febrero de 1918 nació en Salta Carlos S. Fayt, jurista que fue nombrado Juez de la Suprema Corte en diciembre de 1983 en tiempos del Presidente Alfonsín. Permaneció en su cargo hasta su muerte, ocurrida el 22 de noviembre de 2016, a sus jóvenes 98 años. La permanencia de Fayt en el cargo 23 años más allá de su fecha de jubilación obligatoria fue producto de una decisión judicial, como lo es hoy la permanencia en el cargo de la jueza Elena Highton de Nolasco, que cumple en estos días (el 7 de diciembre) 78 añitos. Las causas son dispares, pero lo interesante es que ambos no han cumplido con la norma que los obligaba a jubilarse.

La Corte decidió hace pocos días la permanencia en sus cargos, hasta que se designen otros por concurso, de tres jueces designados en tiempos de Macri con un procedimiento que la propia Corte reconoce, en su fallo, como irregular. Pero pese a esta irregularidad los supremos han decidido que estos magistrados  no sean reintegrados de inmediato a su lugar de origen (otros tribunales de menor jerarquía), como habían decidido  el Senado, el Consejo de la Magistratura, el Presidente, y algunos jueces ante los cuales los afectados presentaron recursos. Se mantienen en una suerte de subrogancia informal, manteniendo un cargo para el cual la propia Corte reconoce que no fueron correctamente designados.

La misma Corte ha decidido en estos días no pronunciarse sobre los recursos presentados por los abogados del ex vicepresidente Amado Boudou, quienes denuncian enormes irregularidades en una causa donde le aplicaron una condena de cinco años y medio de prisión. Tomemos nota de que la Corte no se digna analizar si la condena contra un ex vicepresidente se hizo o no conforme a derecho. Que queda para los simples mortales.

Por último, y podríamos citar más casos, la Cámara de Casación ha dado por válidas las actuaciones judiciales en la causa llamada “Cuadernos”, pese a que se utilizó en ella la llamada “Ley de arrepentidos” –posterior a los hechos de la causa- aunque no se la cumplió plenamente, ya que se tomaron declaraciones sin registro audiovisual de los testimonios. Hubo además insistentes denuncias de prácticas extorsivas sobre los empresarios “arrepentidos”, los cuales, extrañamente, si decían que eran culpables se iban a su casa, pero si afirmaban ser inocentes permanecían presos. Práctica que, como mínimo, resulta curiosa.

De estas irregularidades encadenadas nace el lawfare, la criminalización de los opositores a partir de la acción de un bloque de poder que incluye políticos, periodistas, jueces y el poder económico. Algún dirigente político hace una denuncia, los medios la difunden, la justicia inicia una causa, y luego, con pruebas débiles o inexistentes, se llega a un juicio y, a veces, incluso a condenas. Como dijo con pasmosa sinceridad el juez brasileño Sergio Moro, él condenó al ex presidente Lula no por las pruebas recogidas (nulas) sino por su “íntima convicción” en la culpabilidad del dirigente del PT. El juez asume un rol divino, se entroniza en el Olimpo de los juristas.

El lawfare, la persecución  judicial sistemática de los opositores, se entrelaza simbióticamente con el control de la constitucionalidad de las leyes y con la judicialización de la política. Son fenómenos distintos pero paralelos, distintas caras de una misma moneda, que la derecha maneja distinto según se encuentre en el gobierno o en la oposición.

La situación del Judicial es, por lo tanto, la de un poder que no depende del voto popular, un poder casi monárquico cuyos cargos son virtualmente eternos, que es el encargado de interpretar las reglas del juego, pero no las aplica para sí mismo. Un poder que interpreta las leyes pero se considera por encima de ellas. Y se autocontrola.

Ya lo dijo, en 1886, Domingo Faustino Sarmiento: “Una Constitución pública no es una regla de conducta para todos los hombres. La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad. No queremos exigir a la democracia más igualdad que la que consienten la diferencia de raza y posiciones sociales.”

Esta situación tan poco democrática debería ser resuelta desde la política. El tema es que no resulta tan sencillo hacerlo, en las actuales circunstancias.

Uno escucha y lee a votantes del FdT quejarse del accionar del actual gobierno con el argumento de que en tiempos de Néstor Kirchner, que había sacado 22% de los votos, se pudo cambiar a la Corte Suprema, y que hoy, habiendo sacado 48%, parece no poderse. Estos ciudadanos encuentran la causa en la falta de capacidad y voluntad política de las actuales autoridades, que son una coalición de sectores afines pero con diferencias, unos más radicales y otros más moderados.

El Frente de Todos recuerda en muy alto grado a los Frentes Populares que en los años ’30 se formaron tratando de frenar el crecimiento de los fascismos. El FdT es una alianza de todos los que no querían que siguiera gobernando una derecha de principios democráticos entre débiles e inexistentes, y de políticas económicas parecidas a un tsunami eterno.

El tema es, en realidad, más complejo que la supuesta falta de decisión política de los dirigentes de esta alianza que derrotó a la derecha: sucede que la situación es muy distinta a la de comienzos de siglo.

En 2003 la derecha venía de un fracaso estrepitoso. Estaba atomizada, no tenía dirigentes capaces de mostrarse competitivos en una elección presidencial, y no tenía ni la más mínima posibilidad de llegar al poder por el voto.

La derecha actual ganó la elecciones de 2015 y logró, tras cuatro años de gobierno realmente espantoso, mejorar su performance electoral respecto a cuatro años atrás, aunque haya perdido las elecciones. No debemos olvidar que Macri había obtenido en 2015 sólo un 34% de los votos, mientras que el año pasado llegó al 40%. Este bloque monolítico de la derecha controla un poco más de un tercio de ambas cámaras, lo que le permite bloquear decisiones que requieren de una mayoría de los dos tercios, como ser el nombramiento del procurador, de jueces de la corte o la realización de juicios políticos.

Controla además la Capital Federal y, por decisión del entonces presidente Macri, también a las fuerzas de seguridad de la misma, lo cual ya generó varios conflictos con el gobierno central, el último durante el sepelio de Diego Armando Maradona. La autonomía porteña, decidida por los constituyentes de 1994, y la transferencia de la Policía Federal a la ciudad, decidida por el macrismo en 2016, ha generado un regreso al pasado. Como pasaba hasta 1880, el Presidente es “huésped” en un distrito que no gobierna, que le pertenece a otro. La federalización de Buenos Aires, por la que tanto se luchó, por la que tanta sangre se vertió, ha sido anulada en la práctica por decisiones irresponsables o malintencionadas.

La derecha cuenta también con un vínculo muy sólido con el poder judicial, que se hace patente en dos cuestiones muy transparentes: En primer lugar, lo fácil que es bloquear decisiones de gobiernos peronistas apelando a la justicia, y lo difícil que es lograr lo mismo cuando gobiernan los liberales. La otra prueba es el desarrollo tan dispar de los juicios contra ex funcionarios de uno y otro bando, que en un caso suben por una escalera –cuando suben-, y en el otro en una nave espacial que avanza arrasando con leyes y principios constitucionales.

Finalmente, mientras que en los primeros años del siglo el neoliberalismo estaba en retroceso en América Latina, y en muchos países surgieron fuerzas populares progresistas y de centro izquierda que terminaron aliándose contra los conservadores, hoy vemos a nivel regional y mundial  la emergencia de una derecha fanática y violenta con fuertes rasgos neofascistas, y con una tendencia a combinar internacionalmente sus fuerzas para apoyarse unos a otros.

En definitiva, cuando un gobierno popular pierde, pierde. Cuando la derecha pierde empata, porque conserva una cuota de poder enorme en diversas instancias. Por el contrario, cuando la derecha gana, se acerca a la Suma del Poder Público, mientras que cuando los ganadores son fuerzas peronistas o de centroizquierda, la victoria tiene sabor a empate, ya que existen mecanismos institucionales muy aceitados para neutralizar esta victoria entregando a los vencedores el gobierno, pero no el poder.

La democracia está en riesgo en la medida en que existen mecanismos institucionalizados que tuercen esa voluntad popular. Mecanismos que impiden que las autoridades elegidas por los ciudadanos realicen transformaciones estructurales que afecten los intereses de los más poderosos, pero permiten estas transformaciones cuando los afectados son los sectores populares.

Por eso parece poco apropiado comparar el 2003 con el 2020. Estamos en otro mundo, más violento, más fanático, menos democrático, más peligroso. Será necesario encontrar estrategias nuevas para resolver problemas nuevos.

Puede que el gobierno que preside Alberto Fernández, que enfrenta además la situación inédita de la pandemia, no los esté encontrando. Pero, suponer que puede hacerse lo mismo que en 2003 sin tener en cuenta todas estas diferencias, es hacer un análisis que presenta muchas debilidades.

 

Adrián Corbella

5 de diciembre de 2020

 Publicado en MIRANDO HACIA ADENTRO y en ERASE UNA VEZ EN PERONIA

 

CRISTIANISMO, PERONISMO Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL, por Adrián Corbella

  En las elecciones de 1946 la fórmula Perón-Quijano se impuso en las elecciones presidenciales derrotando a la Unión   Democrática, alian...